agresividad infantil

Muerde, pega, protesta… ¿qué hago?

 




 

Los más pequeños no tienen un control de sus impulsos emocionales de angustia, miedo, rabia… pues la parte superior de su cerebro está en proceso de evolución. La etapa de la agresividad infantil es pasajera y se caracteriza por una dificultad para controlar reacciones primarias.

Cuando hablamos de agresividad infantil es necesario puntualizar que nos referimos a una tendencia de comportamiento que puede causar daño físico o psicológico y que también puede derivar en reacciones violentas. Este comportamiento aparece alrededor de los 4 años y las acciones pueden dirigirse hacia una persona y objeto de manera verbal o física. A medida que comienzan a desarrollar la capacidad de tener en cuenta los sentimientos propios y los del otro estos impulsos agresivos van disminuyendo.

Lo principal a la hora de enfrentarse a estos comportamientos pasajeros de burlas e incluso acosos verbales es comprender las causas que los provocan, y hacer acopio de una importante dosis de paciencia para evitar las excesivas prohibiciones, buscando un equilibrio donde los niños puedan ir desarrollando su autonomía.

En muchas ocasiones, las conductas agresivas en la infancia están relacionadas con las frustraciones. Los componentes agresivos suelen caracterizarse por la irritabilidad, destructividad, desafío a la autoridad y necesidad de llamar la atención.

Además, los niños están expuestos a un mundo lleno de prisas, ansiedad, tensión, estrés…, elementos estos que favorecen las conductas agresivas.

Causas de la agresividad infantil:

  • Genéticas. Temperamento innato e hereditario.
  • Sometimiento a una disciplina exagerada y muy severa con castigos incoherentes.
  • Cambios de colegio, de domicilio, separaciones de los padres, cambios en la composición de la unidad familiar.
  • Sobreprotección, con poco desarrollo de la tolerancia a la frustración.
  • Escaso contacto con los padres.
  • Ausencia de límites en la educación familiar, rabietas incontroladas, aprendizajes erróneamente dirigidos.

Alrededor de los dos años encontramos el pico de tendencia agresiva de los niños, pues antes de los dos años y medio aproximadamente no son capaces de incorporar el sentido de los demás, son egocéntricos y prácticamente sólo existen ellos mismos.

Para el control de los impulsos agresivos destacamos la técnica de “La Tortuga”, diseñada por M. Schneider (1974) como un método muy eficaz para el autocontrol de la conducta impulsiva, revelándose muy útil en situaciones de descontrol por carga emocional. Resulta de mucha utilidad en niños preescolares y hasta los 7 años de edad. A partir de esta edad, la escenificación de la tortuga se utiliza como planteamiento lúdico de una técnica de relajación y autocontrol.

El procedimiento será el siguiente:

1. Leer al niño la historia de la tortuga. Podéis encontrar información en:

La técnica de “la Tortuga” (El manual de la tortuga, M.R. Schneider y A. Robin)

2. Con la imagen mental que provoca el cuento, se invitará al niño a dramatizar la sensación de frustración de la tortuga, su rabia contenida e intento de introducirse en el caparazón. Cuando la tortuga se introduce en el caparazón para vencer los sentimientos de rabia y furia, el niño escenificará esta actitud pegando la barbilla al pecho, colocando los brazos a lo largo del cuerpo y presionando fuertemente barbilla, brazos y puños cerrados, mientras cuenta hasta diez. La distensión posterior provocará una relajación inmediata.

3. Esta sesión concluye invitando al niño a realizar “la tortuga” en aquellos momentos en los que el enfado o la agresividad le desborde.

4. Para motivar la aplicación de esta técnica, se propone al niño un refuerzo: una tortuguita de verdad. Si aplica la técnica de la tortuga obtendrá puntos para la tortuga de verdad.

5. Se dibujará una tortuga grande en cartulina. El caparazón de la tortuga estará cubierto de “escamas-casillas” que serán los puntos a conseguir (se empezará poniendo un número reducido de casillas para completar los puntos necesarios para una primera tortuga; posteriormente puede continuarse la técnica, si procede, dibujando una segunda tortuga con más casillas).

6. El niño podrá tachar o colorear una de las “escamas” en dos ocasiones: 1) si ha conseguido hacer la tortuga en un momento difícil o 2) si ha recordado a otro niño que lo hiciera cuando ha visto que se iba a descontrolar.

7. Se reforzarán los avances en el cartel de la tortuga con algún elogio o premio.

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Ana Roa

About Ana Roa

Pedagoga, especializada en TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) y colabora con muchas editoriales pedagógicas y medios de comunicación. Autora de los libros ¡Vive la vida! y El Yo infantil y sus Circunstancias, sobre educación emocional.

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